Inocencia no es ingenuidad

Es costumbre en México y en otros países que el 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, se jueguen bromas que consisten o bien en hacer creer algo a todas vistas falso, o bien en engañar a alguien de tal manera que acepte un trato cuya contraparte no se tiene intención de cumplir. Como se trata de un juego, el engaño no perdura, pues su intención no es otra que divertir, y termina con la frase “inocente palomita, que te dejaste engañar”. Tales bromas se conocen como “inocentadas” y de la víctima de las mismas se dice que la “hicieron inocente”.

¿Por qué esta costumbre? ¿Qué tiene que ver la memoria de los niños asesinados por el tirano (para no ver amenazada su permanencia en el poder) con engañar a quien no espera ser burlado? Pues para surtir efecto, las “inocentadas” dependen justamente de que la confianza que el timado tiene en el bromista sea de tal manera completa, que excluya toda suspicacia; en otras palabras, cuentan con su ingenuidad.

Ingenuo es – según el diccionario de la Real Academia Española – sinónimo de cándido, que significa en una de sus acepciones “simple, poco advertido”. Simple, a su vez, significa entre otras cosas – siempre de acuerdo con la Real Academia – “incauto”, y también “mentecato” y “abobado”. Es antónimo de astuto y de sagaz.

Inocente, en cambio, proviene del verbo latino nocere, que quiere decir hacer daño. Inocente (innocens, innocentis) es el que no hace daño, el que no comete maldad, el que no es culpable. Como en la frase “presunción de inocencia”, que hace referencia a un principio jurídico no siempre respetado.

Ingenuidad e inocencia son dos cosas diferentes. El principio jurídico aludido no se refiere a presumir falta de astucia, sino ausencia de culpa. Alguien puede ser sagaz, y no por ello ser culpable. En cambio, se puede “pecar de ingenuo” (en sentido figurado o hiperbólico, pero también en sentido literal; por ejemplo, la ingenuidad negligente en un funcionario o en un profesional puede causar perjuicios). Una cosa es no hacer daño y otra ser incauto. Inocencia no es ingenuidad.

La divertida tradición de las “inocentadas”, sin embargo, toma inocencia por ingenuidad. Día de los Inocentes, por “día de los incautos”. No ve ya al inocente (al que no tiene culpa, no obra maldad) como santo, digno de ser imitado, sino como poco sagaz, merecedor por lo tanto de mofa. Sin ánimo de ser aguafiestas (aunque a riesgo de parecerlo), quiero encontrar en esta confusión semántica (que puede tener su origen en la equivocación de noscere – saber – por nocere) una implicación más profundamente subyacente.

Implicación, o – mejor quizá – explicación, ya no lingúística, sino cultural. Y ya no tan divertida. Un poco más allá de tomar al inocente por ingenuo está el juzgar como carente de astucia al que no actúa con malicia. Detrás de considerar “abobado” al libre de culpa, puede encontrarse la convicción – o al menos la inclinación a pensar de ese modo – de que el que no hace daño es un “mentecato”. Y el mentecato, el tonto, ¡no adelanta en la vida!, no consigue lo que se propone, pierde todas las partidas (es un loser: un perdedor). Se queda rezagado, todo por inocente, por no actuar mal. No engañar, por ejemplo. El que no engaña no logra progresar: “el que no transa, no avanza”, sentencia el desvergonzado refrán mexicano en el que el verbo cuya forma sustantivada acepta ahora la RAE con el significado de “trampa”, forma parte de una rima seseada. No seamos ingenuos: la trampa, el engaño, la corrupción hacen daño. Procuremos, en todo, actuar con inocencia: non nocere.

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Materia Opinable

opinión. (Del lat. opinĭo, -ōnis).

1. f. Dictamen o juicio que se forma de algo cuestionable.

2. f. Fama o concepto en que se tiene a alguien o algo.

opinable.

(Del lat. opinabĭlis).

1. adj. Que puede ser defendido en pro y en contra.

(Diccionario de la Real Academia Española)

No de todo se puede opinar. Aquél que crea que sí, tendrá que resolver la paradoja consistente en que si de todo se puede opinar, entonces no se puede opinar que no de todo se puede opinar. Parece enredado, pero no lo es. Pongámoslo en forma de diálogo:

– No de todo se puede opinar.

– ¿Por qué no? Cada quien puede tener una opinión acerca de las cosas.

– Sí, pero no de todas. Hay cosas de las que no se puede opinar porque son incuestionables.

– ¡No! No hay nada incuestionable.

– ¿Estás seguro?

– ¡Segurísimo!

– ¿Es incuestionable que no hay nada incuestionable?

– ¡Sí!

– Entonces sí hay cosas incuestionables. Dices que es incuestionable que no hay nada incuestionable.

– Bueno…, ¡no! … no es incuestionable.

– ¿No es incuestionable que no hay nada incuestionable? Entonces, puede haber algo incuestionable.

Cuestionable -y por lo tanto opinable- es todo aquello respecto de lo cual no hay certeza.

certeza. (De cierto).

1. f. Conocimiento seguro y claro de algo.
2. f. Firme adhesión de la mente a algo conocible, sin temor de errar.

(Diccionario de la Real Academia Española)

La certeza es un estado subjetivo, un estado de la mente respecto de algo. Estar cierto de algo es estar seguro de la verdad de un hecho, estar seguro de que no es ni puede ser de otra manera.

Opinar, en cambio, es pensar que algo es de una manera, sabiendo al mismo tiempo que existe la posibilidad de que sea de otra, es decir, considerando que existe la posibilidad de estar equivocado. Por supuesto, es posible estar equivocado sin saberlo. Alguien puede estar muy cierto de algo que no es verdad. Es decir, puede existir la certeza respecto de un error.

Por ejemplo, alguien puede tener la certeza de que su pariente acaba de llegar a la Ciudad de México porque éste le dijo que vendría en el vuelo que está aterrizando procedente de Calgary; todavía minutos antes de abordar el avión, le envió un mensaje de texto: “estoy a punto de abordar, nos vemos en unas horas”. Pero, tal vez el pariente decidió, impulsivamente, quedarse en Calgary porque se enamoró (a primera vista) de la empleada del mostrador de la sala de espera; o bien, pudo haber perdido el pase de abordar en el último minuto y por tanto haberse quedado con las ganas de venir a México. Por tanto, la certeza acerca de la llegada del enamoradizo (o distraído) pariente, no deja de ser relativa.

En cambio, la certeza de que la suma de dos más dos es cuatro es absoluta. También es absoluta la certeza de la propia existencia (nadie puede pensar seriamente que quizá no exista; si no existe, ¿quién está pensando?). Asimismo, la certeza relativa acerca de la llegada del pariente de Calgary se convierte en certeza absoluta una vez que se le ve salir, maletas en mano, del área de aduanas.

Tener certeza absoluta de algo significa estar absolutamente seguro de que es verdad porque ya se vio que no puede ser de otra manera. La certeza absoluta, entonces, no podría darse sino respecto de una verdad que se sabe con una forma de saber que no deja lugar a dudas. La fuente de esa forma de saber puede ser la evidencia de quien observa directamente, la convicción del que a partir de la evidencia razona correctamente o la fe que posee el creyente.

Todo lo que esté fuera del rango de alcance de esas fuentes de conocimiento, será materia opinable, puesto que opinable es todo aquello cuestionable, y sólo es incuestionable: lo evidente para quien posee la evidencia, lo concluido para el que razona y lo que es materia de fe para el que cree. Quien tiene certeza absoluta de algo, no puede tener al respecto una opinión, pues el que opina reconoce, como ya hemos dicho, la posibilidad de estar en el error. El estado subjetivo de certeza absoluta es incompatible con la opinión como estado subjetivo.

Pero, ¿qué pasa con el que no posee la evidencia? Para quien no posee la evidencia, sigue siendo opinable aquello que ha dejado de serlo para quien ya la tiene. Yo puedo opinar acerca de qué selección obtendrá el campeonato de futbol, o de qué caballo ganará el derby, pero ¡siempre y cuando no haya terminado el partido o la carrera! Si ya sé quién ganó, ¡no puedo apostar con alguien que aún no lo sabe!

Ahora bien, el no-poseedor de la evidencia está en su derecho de seguir dudando. El que no vio el partido, está en su derecho de seguir abrigando la esperanza de que su equipo favorito lo haya ganado. Está incluso en su derecho de hacer oídos sordos a lo que en sentido opuesto le informa el poseedor de la evidencia (aunque la posibilidad de mantener su incertidumbre ignorando la información del que ya vio el partido estará en relación inversa a la fiabilidad que este tenga para él; en esa medida, se sitúa en la posición del creyente). Mientras no vea la repetición (mientras no posea también él la evidencia), seguirá siendo para él cuestionable la atribución del campeonato al ganador, y por lo tanto podrá  formarse su propia opinión al respecto (reléase la cita del diccionario al principio del artículo).

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